¿Para qué un Senado?


La propuesta de Asociación ProReforma incluye establecer un Senado formado por personas comprendidas entre 50 y 65 años de edad, electas por sus coetáneos.

Cada año quienes cumplen 50 años elegirían a tres ciudadanos de su misma edad, quienes ingresarían al Senado por un período de 15 años, sin reelección. El mismo año se retirarían tres senadores de 65 años.

El que los senadores y quienes los elijan sean personas mayores de 50 años ha sido bien recibido, con pocas objeciones; sin embargo, la forma de elegirlos ha suscitado controversia.

Un Senado con las mismas funciones que la Cámara de Diputados tendría poca razón de existir. Uno de los propósitos de un Senado como el propuesto es solucionar el problema de jerarquizar, despolitizar y separar Ley (principalmente Derecho Privado), de la Legislación (principalmente Derecho Público).

La primera consiste en normas de conducta justa, generales y abstractas para proteger derechos de los ciudadanos, tanto de otros ciudadanos como del mismo Gobierno, y la segunda, las normas para organizar y manejar asuntos públicos.

Siendo que al Senado se le encarga la Ley y otras funciones no político-partidistas, como ejemplo, designar magistrados del Poder Judicial, responsabilidades distintas a las de la Cámara de Diputados, es necesario integrar el Senado en forma diferente para lograr su propósito. La visión del senador debe ser de largo plazo, en contraste con la visión necesariamente coyuntural del diputado.

Si los electores de senadores fuesen todos los ciudadanos empadronados, al Senado llegarían personas con el mismo perfil que los diputados, y se convertiría en un premio para miembros de los partidos políticos. La forma propuesta provee representatividad, madurez y selección ponderada de los candidatos necesariamente mejor conocidos por sus electores.

En el sistema tradicional, lo más frecuente es que los votantes no tienen mayor conocimiento de la trayectoria de vida, logros, fracasos, comportamiento cívico, cumplimiento de obligaciones y experiencia de los candidatos. Se guían por la propaganda.

Con el sistema propuesto, la selección y postulación de senadores será un proceso seguramente discutido con años de anticipación a cada elección entre quienes han vivido la misma época. Cada año serán distintos los electores, a medida que nuevas generaciones llegan a la edad de votar, y así el Senado se renovará constantemente.

Al Tribunal Electoral le correspondería establecer el procedimiento, el cual podría ser así de sencillo: la elección podría ser como votan los ciudadanos ausentes en sus países. No habría mesas electorales ni costosas movilizaciones.

Los ciudadanos coetáneos mismos -no necesariamente los partidos políticos- promoverían y postularían candidaturas, respaldadas, por ejemplo, por 100 firmas de ciudadanos de la misma edad, para evitar frivolidad.

La cronología del evento podría ser: en febrero de cada año el Tribunal Electoral recibiría las postulaciones. En marzo prepararía las papeletas. En abril, cada elector recogería su papeleta -personal y numerada- en el Tribunal o el lugar que éste designe en los departamentos. En mayo, cada elector entrega o manda su papeleta con sus votos.

La papeleta sería como las que usan los bancos o tarjetas de crédito para mandar números de clave secretos, las cuales no se pueden abrir sin romperlas, y los sobres permanecerían cerrados hasta el momento del escrutinio. El escrutinio se llevaría a cabo el 1 de junio.